Un lindo viaje al pasado, además bien contado. El día que Xabier Azkargorta llegó al país. A fines de 1992. En este fragmento de su libro Difícil de entender, imposible de olvidar, recuerda esta aventura:
“En mi primer viaje a Bolivia estaba a mi lado Óscar Segura, mi agente y amigo en ese tiempo, quien miraba el reloj en la sala de embarque del puente aéreo en Barcelona. El avión iba a salir con una hora de retraso y teníamos que enlazar en Barajas para Miami. Después de algunas angustias llegamos a la zona internacional, donde nos esperaban Manuel Estebas y Antonio López, el primero para acompañarnos a La Paz, no en vano había sido quien había traído a Marco Etcheverry al Albacete, mientras el segundo podía ser mi colaborador en la selección. Tras una cabezadita, un par de comidas y el reparto de auriculares para las películas llegamos a Miami, no sin haber rellenado debidamente los formularios de inmigración de la Policía americana, Tras haber certificado que uno no es comunista ni simpatizante de Castro y que tampoco llevábamos ningún jamón de pata negra, desembarcamos en Florida. Ni siquiera pudimos presumir de nuestros pininos en inglés, en Miami todo el mundo habla castellano, mejor dicho ‘cubano’. ‘Chequeamos’ la información y encontramos el mostrador del LAB para volar a Bolivia. La bodega debía ir llena de marmitas de leche porque el avión se paró en Caracas —fue unos días antes del golpe de Estado en Venezuela, y les aseguro que nosotros nada tuvimos que ver—, Manaos y Santa Cruz de la Sierra antes de llegar a La Paz. Parecía el lechero, tan puntual y madrugador.
Al llegar al aeropuerto de El Alto en La Paz, nada menos que a 4.000 metros de altura, ocurrió la anécdota del viaje. Resulta que en el mismo vuelo llegaba Palito Ortega, el de la Felicidad ah, ah, ah, que era gobernador de la provincia argentina de Tucumán, y al ver el aeropuerto lleno de periodistas se debió emocionar. No tardó en decepcionarse, pues apenas uno fue a entrevistarlo, el resto era periodismo deportivo que esperaba al seleccionador de Bolivia. Ya en La Paz la verdad que uno nota enseguida el ‘sorojchi’ (el mal de altura) porque falta oxígeno, la cabeza flota y cuesta respirar. Tras ingerir un mate de coca y responder a la serie de preguntas de los periodistas, uno puede comprender las recomendaciones de los campesinos andinos para combatir el mal de altura: andar despacito, comer poquito y dormir solito.
El descenso desde el aeropuerto hasta la ciudad es impresionante. La ladera está llena de casas construidas por arquitectos improvisados que sacaron sus títulos en la ‘universidad del peonaje’, que no resisten las lluvias torrenciales, pero que se vuelven a edificar en el mismo sitio con la tozudez de sus habitantes. Rodeado de cholitas, que todavía visten con sus trajes, típicos y que venden de todo en la calle, siempre con amabilidad y muchísima dignidad, la ciudad se abre paso en el cauce torrentoso de un río que en su día llevaba oro y que ahora deposita su caudal de ilusiones, comercios y necesidades fisiológicas en las riberas. Las movilidades —así les llaman a los coches— circulan en un orden caótico pero controlado, los pasos de cebra son un suicidio para el peatón, pero nadie se pone nervioso, la impuntualidad es una norma de cortesía y el tiempo parece que pasa más despacio, hay más tiempo para todo, la gente exprime cada minuto y los diminutivos hacen grandes sus expresiones. La ciudad está llena de pequeños transportes públicos, con un niño en la ventana que va gritando un rosario de nombres, lugares de destino para los pasajeros que se montan en la mitad de la calle. Es imposible pensar en el transporte público del tipo autobús de las grandes ciudades españolas porque los servicios necesitan llegar a las laderas, donde las calles son estrechas y sin asfaltar.
El hotel Plaza era el reservado para nosotros, cerca de un colegio salesiano y una iglesia, de María Auxiliadora por supuesto. Despacito subimos las escaleras con la boca abierta como los peces que buscan el oxígeno y el alimento en el agua, descansamos del largo viaje y comenzamos las negociaciones. La tarde que llegamos a un acuerdo en el contrato fui al estadio nacional a ver un partido. Bolívar-San José, dos de los mejores equipos en aquel momento en Bolivia. El fútbol boliviano ofrecía (año 92) un nivel técnico notable, sin envidia del español. El manejo del balón y los gestos técnicos son correctos, incluso adornados de fantasía y buen gusto. El aspecto táctico, sin embargo, está poco trabajado, las gestiones de tiempo y espacio no son las adecuadas y se aprecia una falta de personalidad de equipo considerable. Todos se preocupan de los escenarios, del clima, de la altura, y parece que jugar bien no importa. Si un equipo del interior pierde en la altura es por el ‘sorojchi’ y no porque haya jugado mal o corrido poco. La preparación física es sobre todo aeróbica, con pocos cambios, sin esfuerzos anaeróbicos y pocos trabajos en espacios cortos y movimientos explosivos. Parece como si los fenómenos geográficos sirvieran demasiado fácilmente como excusas.
Un hombre del prestigio de Rolando Aguilera, director y creador de la Academia Tahuichi, que causa admiración en todo el mundo por su labor futbolística y social, se muestra partidario de hacer dos selecciones, una que compita en la altura y otra que lo haga a nivel del mar. Yo me negué a poner en práctica esta teoría porque bastantes problemas tenían para una selección, como para hacer dos.
La Paz, a 3.700 metros de altura, es uno de los núcleos futbolísticos importantes del país con dos equipos significativos, Bolívar, normalmente el equipo base de la selección, y The Strongest, cuyo nombre ya nos da pistas sobre la realidad social del país, la lucha entre lo gringo y lo español.
Santa Cruz de la Sierra es el núcleo más importante de formación de futbolistas en este momento. A 416 metros de altitud tiene un clima tropical, húmedo y cálido, y es la ciudad boliviana con más afluencia española. Los cambas, como se les conoce a los de la comarca, estaban contentos y bromeaban porque decían que un vasco les iba a liberar del centralismo de los collas, como se les conoce a los habitantes del altiplano paceño. Oriente, Blooming y Destroyers son tres de sus clubes más representativos junto a Real Santa Cruz.
Cochabamba es la tercera ciudad importante del país desde el punto de vista futbolístico. Situada a 2.600 metros de altura y en un precioso valle, fue el lugar elegido para hacer mi primera concentración. En un hotel llamado El Carmen, lugar bien conocido por Agustín Domínguez, quien estuvo en la ciudad impartiendo cursos de FIFA. Su principal equipo es el Wilstermann, en honor al primer piloto boliviano, de ahí que se les conozca como los aviadores. Aurora es el otro equipo, reconocido como el equipo del pueblo. Su temperatura suave y un buen estadio (el Félix Capriles) rodeado de la escuela de fútbol Enrique Happ hacen de esa ciudad un lugar adecuado para cualquier tipo de aclimatación general. Después de toda esta información volví a casa como el turrón, por Navidad, y en enero de 1993 me lancé a la aventura.
Tengo una anécdota que siempre me la cuenta Ramón Martínez. Nos encontramos en el aeropuerto de Barajas y él viajaba a Brasil. Me preguntó si iba a llevar a mi familia a Bolivia y le contesté que por ahora no, que si clasificábamos para el Mundial, quizás sí. Más tarde me confesó que pensó que yo estaba loco porque en el mismo grupo teníamos a Uruguay y Brasil, además de Ecuador, y sólo clasificaban dos.
Supongo que el pensamiento de locura de Ramón debía de ser compartido por muchos aficionados españoles al fútbol, pero después de haber entrenado ocho temporadas en la primera división española tenía miedo a ser etiquetado como entrenador bombero, como el que siempre apagaba los incendios de los equipos en apuros, y pensé que una experiencia en el continente americano, cuna de tantas figuras futbolísticas, creadora de una cultura y un lenguaje alrededor del balón, rico y sugestivo —luego he comprobado que, a menudo, embaucador— debía ser tremendamente enriquecedor. Todavía no había cumplido los 40 años y debía de aprender más cosas como entrenador, y así me lancé a la aventura. Los primeros meses fueron terribles, la prensa deportiva me recibió con mucha hostilidad, me llamaban el “ilustre desconocido”, resucitaron el discurso del V Centenario y el de los conquistadores españoles, en mi primer entrenamiento con la selección me tuve que cambiar de ropa detrás de unos árboles y al día siguiente tuvimos que empujar al bus entre todos los seleccionados para ir del hotel al campo de entrenamiento. Esto ocurrió en Santa Cruz...”
“Nadie creía en la selección, incluso llegué a recibir amenazas de muerte por carta si no clasificábamos al Mundial. Pero poco a poco fue cambiando la cosa, ganamos en credibilidad lógicamente con resultados, que por desgracia es lo que da credibilidad en el fútbol: el equipo fue adquiriendo personalidad y sobre todo autoestima, que era uno de los puntos más débiles del grupo humano que formamos...”.
“En mi primer viaje a Bolivia estaba a mi lado Óscar Segura, mi agente y amigo en ese tiempo, quien miraba el reloj en la sala de embarque del puente aéreo en Barcelona. El avión iba a salir con una hora de retraso y teníamos que enlazar en Barajas para Miami. Después de algunas angustias llegamos a la zona internacional, donde nos esperaban Manuel Estebas y Antonio López, el primero para acompañarnos a La Paz, no en vano había sido quien había traído a Marco Etcheverry al Albacete, mientras el segundo podía ser mi colaborador en la selección. Tras una cabezadita, un par de comidas y el reparto de auriculares para las películas llegamos a Miami, no sin haber rellenado debidamente los formularios de inmigración de la Policía americana, Tras haber certificado que uno no es comunista ni simpatizante de Castro y que tampoco llevábamos ningún jamón de pata negra, desembarcamos en Florida. Ni siquiera pudimos presumir de nuestros pininos en inglés, en Miami todo el mundo habla castellano, mejor dicho ‘cubano’. ‘Chequeamos’ la información y encontramos el mostrador del LAB para volar a Bolivia. La bodega debía ir llena de marmitas de leche porque el avión se paró en Caracas —fue unos días antes del golpe de Estado en Venezuela, y les aseguro que nosotros nada tuvimos que ver—, Manaos y Santa Cruz de la Sierra antes de llegar a La Paz. Parecía el lechero, tan puntual y madrugador.
Al llegar al aeropuerto de El Alto en La Paz, nada menos que a 4.000 metros de altura, ocurrió la anécdota del viaje. Resulta que en el mismo vuelo llegaba Palito Ortega, el de la Felicidad ah, ah, ah, que era gobernador de la provincia argentina de Tucumán, y al ver el aeropuerto lleno de periodistas se debió emocionar. No tardó en decepcionarse, pues apenas uno fue a entrevistarlo, el resto era periodismo deportivo que esperaba al seleccionador de Bolivia. Ya en La Paz la verdad que uno nota enseguida el ‘sorojchi’ (el mal de altura) porque falta oxígeno, la cabeza flota y cuesta respirar. Tras ingerir un mate de coca y responder a la serie de preguntas de los periodistas, uno puede comprender las recomendaciones de los campesinos andinos para combatir el mal de altura: andar despacito, comer poquito y dormir solito.
El descenso desde el aeropuerto hasta la ciudad es impresionante. La ladera está llena de casas construidas por arquitectos improvisados que sacaron sus títulos en la ‘universidad del peonaje’, que no resisten las lluvias torrenciales, pero que se vuelven a edificar en el mismo sitio con la tozudez de sus habitantes. Rodeado de cholitas, que todavía visten con sus trajes, típicos y que venden de todo en la calle, siempre con amabilidad y muchísima dignidad, la ciudad se abre paso en el cauce torrentoso de un río que en su día llevaba oro y que ahora deposita su caudal de ilusiones, comercios y necesidades fisiológicas en las riberas. Las movilidades —así les llaman a los coches— circulan en un orden caótico pero controlado, los pasos de cebra son un suicidio para el peatón, pero nadie se pone nervioso, la impuntualidad es una norma de cortesía y el tiempo parece que pasa más despacio, hay más tiempo para todo, la gente exprime cada minuto y los diminutivos hacen grandes sus expresiones. La ciudad está llena de pequeños transportes públicos, con un niño en la ventana que va gritando un rosario de nombres, lugares de destino para los pasajeros que se montan en la mitad de la calle. Es imposible pensar en el transporte público del tipo autobús de las grandes ciudades españolas porque los servicios necesitan llegar a las laderas, donde las calles son estrechas y sin asfaltar.
El hotel Plaza era el reservado para nosotros, cerca de un colegio salesiano y una iglesia, de María Auxiliadora por supuesto. Despacito subimos las escaleras con la boca abierta como los peces que buscan el oxígeno y el alimento en el agua, descansamos del largo viaje y comenzamos las negociaciones. La tarde que llegamos a un acuerdo en el contrato fui al estadio nacional a ver un partido. Bolívar-San José, dos de los mejores equipos en aquel momento en Bolivia. El fútbol boliviano ofrecía (año 92) un nivel técnico notable, sin envidia del español. El manejo del balón y los gestos técnicos son correctos, incluso adornados de fantasía y buen gusto. El aspecto táctico, sin embargo, está poco trabajado, las gestiones de tiempo y espacio no son las adecuadas y se aprecia una falta de personalidad de equipo considerable. Todos se preocupan de los escenarios, del clima, de la altura, y parece que jugar bien no importa. Si un equipo del interior pierde en la altura es por el ‘sorojchi’ y no porque haya jugado mal o corrido poco. La preparación física es sobre todo aeróbica, con pocos cambios, sin esfuerzos anaeróbicos y pocos trabajos en espacios cortos y movimientos explosivos. Parece como si los fenómenos geográficos sirvieran demasiado fácilmente como excusas.
Un hombre del prestigio de Rolando Aguilera, director y creador de la Academia Tahuichi, que causa admiración en todo el mundo por su labor futbolística y social, se muestra partidario de hacer dos selecciones, una que compita en la altura y otra que lo haga a nivel del mar. Yo me negué a poner en práctica esta teoría porque bastantes problemas tenían para una selección, como para hacer dos.
La Paz, a 3.700 metros de altura, es uno de los núcleos futbolísticos importantes del país con dos equipos significativos, Bolívar, normalmente el equipo base de la selección, y The Strongest, cuyo nombre ya nos da pistas sobre la realidad social del país, la lucha entre lo gringo y lo español.
Santa Cruz de la Sierra es el núcleo más importante de formación de futbolistas en este momento. A 416 metros de altitud tiene un clima tropical, húmedo y cálido, y es la ciudad boliviana con más afluencia española. Los cambas, como se les conoce a los de la comarca, estaban contentos y bromeaban porque decían que un vasco les iba a liberar del centralismo de los collas, como se les conoce a los habitantes del altiplano paceño. Oriente, Blooming y Destroyers son tres de sus clubes más representativos junto a Real Santa Cruz.
Cochabamba es la tercera ciudad importante del país desde el punto de vista futbolístico. Situada a 2.600 metros de altura y en un precioso valle, fue el lugar elegido para hacer mi primera concentración. En un hotel llamado El Carmen, lugar bien conocido por Agustín Domínguez, quien estuvo en la ciudad impartiendo cursos de FIFA. Su principal equipo es el Wilstermann, en honor al primer piloto boliviano, de ahí que se les conozca como los aviadores. Aurora es el otro equipo, reconocido como el equipo del pueblo. Su temperatura suave y un buen estadio (el Félix Capriles) rodeado de la escuela de fútbol Enrique Happ hacen de esa ciudad un lugar adecuado para cualquier tipo de aclimatación general. Después de toda esta información volví a casa como el turrón, por Navidad, y en enero de 1993 me lancé a la aventura.
Tengo una anécdota que siempre me la cuenta Ramón Martínez. Nos encontramos en el aeropuerto de Barajas y él viajaba a Brasil. Me preguntó si iba a llevar a mi familia a Bolivia y le contesté que por ahora no, que si clasificábamos para el Mundial, quizás sí. Más tarde me confesó que pensó que yo estaba loco porque en el mismo grupo teníamos a Uruguay y Brasil, además de Ecuador, y sólo clasificaban dos.
Supongo que el pensamiento de locura de Ramón debía de ser compartido por muchos aficionados españoles al fútbol, pero después de haber entrenado ocho temporadas en la primera división española tenía miedo a ser etiquetado como entrenador bombero, como el que siempre apagaba los incendios de los equipos en apuros, y pensé que una experiencia en el continente americano, cuna de tantas figuras futbolísticas, creadora de una cultura y un lenguaje alrededor del balón, rico y sugestivo —luego he comprobado que, a menudo, embaucador— debía ser tremendamente enriquecedor. Todavía no había cumplido los 40 años y debía de aprender más cosas como entrenador, y así me lancé a la aventura. Los primeros meses fueron terribles, la prensa deportiva me recibió con mucha hostilidad, me llamaban el “ilustre desconocido”, resucitaron el discurso del V Centenario y el de los conquistadores españoles, en mi primer entrenamiento con la selección me tuve que cambiar de ropa detrás de unos árboles y al día siguiente tuvimos que empujar al bus entre todos los seleccionados para ir del hotel al campo de entrenamiento. Esto ocurrió en Santa Cruz...”
“Nadie creía en la selección, incluso llegué a recibir amenazas de muerte por carta si no clasificábamos al Mundial. Pero poco a poco fue cambiando la cosa, ganamos en credibilidad lógicamente con resultados, que por desgracia es lo que da credibilidad en el fútbol: el equipo fue adquiriendo personalidad y sobre todo autoestima, que era uno de los puntos más débiles del grupo humano que formamos...”.
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64 años
Francisco Xabier Azkargorta Uriarte nació en Azpeitia, Guipúzcoa, España, el 26 de septiembre de 1953. Es DT y médico.
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El técnico brilló más que el futbolista
Su carrera como futbolista fue corta, jugó en las inferiores de la Real Sociedad, luego pasó al Athletic Club. El 77 se retiró debido a una grave lesión en su rodilla derecha. Los éxitos de Azkargorta llegaron como técnico, dirigió a las selecciones de Bolivia y Chile, y a varios clubes, como el Yokohama Marinos de Japón y Guadalajara de México. En Bolivia estuvo al frente de Bolívar, Oriente Petrolero y Sport Boys. Radica en Santa Cruz. También es médico.
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“El fútbol es como la novia que tiene un amigo, es infiel y...”
El el capítulo ‘Filosofía’, Xabier Azkargorta explica: “¿Siendo el fútbol motivo de tantas ingratitudes y pudiendo ganarte la vida de otra manera, cómo es que sigues entrenando? Es una de las infinitas preguntas que me han hecho a lo largo de mi vida de entrenador profesional de fútbol. Mira, para mí el fútbol es como la novia que tiene un amigo. Se va con todo el mundo, le es infiel, le deja plantado y le causa serios disgustos, por lo que todos nosotros le advertimos de la peligrosidad de continuar con dicha mujer. Qué quieres que haga si la quiero. Es la contundente respuesta que nos deja sin argumentos.
Me gusta el fútbol, le quiero y no puedo vivir sin él a pesar de haberme provocado, entre otras cosas, un pequeño derrame cerebral el año 1995 en Paysandú (Uruguay), dirigiendo a la selección de Chile en Copa América. Nunca me he preocupado de saber por qué me gusta tanto una actividad, que un profesor de Física y Química, en el colegio-seminario de San Francisco Javier, en Javier, Navarra, definía como una carrera de 11 locos en calzoncillos detrás de una pelota. Era el jesuita padre Mocoroa.
Otros le han llamado el opio del pueblo, aliado de los dictadores que han sustituido el lema de los emperadores romanos de pan y circo por el de la televisión y fútbol. A pesar de que muchos intelectuales han argumentado la pesadez mental de los aficionados al fútbol, no podemos ocultar que otros muchos son verdaderos forofos de este deporte y se han atrevido incluso a ser reporteros de acontecimientos futbolísticos. Recuerdo a Mario Vargas Llosa como el reportero del Mundial 82, donde definía al portero camerunés Tomy N’Kono como “el perezoso del larguero”. Lo que no hay duda es que el fútbol es un fenómeno. No es fácil ponerle predicado al fenómeno por sencillo y complicado. Tan sencillo como correr mucho y meter la pelota entre tres palos y tan complicado, que una de las frases más socorridas es que al fútbol no hay quien lo entienda. Sin embargo, a la hora de definirlo nos encontramos con más dificultades que el padre Mocoroa y sus 11 locos en calzoncillos y grandes escritores como Galeano, Villoro, Panzeri y el mismo Albert Camus que han tratado de definirlo.”
Me gusta el fútbol, le quiero y no puedo vivir sin él a pesar de haberme provocado, entre otras cosas, un pequeño derrame cerebral el año 1995 en Paysandú (Uruguay), dirigiendo a la selección de Chile en Copa América. Nunca me he preocupado de saber por qué me gusta tanto una actividad, que un profesor de Física y Química, en el colegio-seminario de San Francisco Javier, en Javier, Navarra, definía como una carrera de 11 locos en calzoncillos detrás de una pelota. Era el jesuita padre Mocoroa.
Otros le han llamado el opio del pueblo, aliado de los dictadores que han sustituido el lema de los emperadores romanos de pan y circo por el de la televisión y fútbol. A pesar de que muchos intelectuales han argumentado la pesadez mental de los aficionados al fútbol, no podemos ocultar que otros muchos son verdaderos forofos de este deporte y se han atrevido incluso a ser reporteros de acontecimientos futbolísticos. Recuerdo a Mario Vargas Llosa como el reportero del Mundial 82, donde definía al portero camerunés Tomy N’Kono como “el perezoso del larguero”. Lo que no hay duda es que el fútbol es un fenómeno. No es fácil ponerle predicado al fenómeno por sencillo y complicado. Tan sencillo como correr mucho y meter la pelota entre tres palos y tan complicado, que una de las frases más socorridas es que al fútbol no hay quien lo entienda. Sin embargo, a la hora de definirlo nos encontramos con más dificultades que el padre Mocoroa y sus 11 locos en calzoncillos y grandes escritores como Galeano, Villoro, Panzeri y el mismo Albert Camus que han tratado de definirlo.”
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Datos
La dedicatoria de Xabier Azkargorta en su libro Difícil de entender, imposible de olvidar:
“Han sido muchas emociones juntas, pero ha merecido la pena escribir este libro para Bolivia y el fútbol boliviano. Con mucho cariño para toda la familia futbolística boliviana. A mi madre Patxi (RIP) que disfrutó del Mundial 94 en vivo”.
“Han sido muchas emociones juntas, pero ha merecido la pena escribir este libro para Bolivia y el fútbol boliviano. Con mucho cariño para toda la familia futbolística boliviana. A mi madre Patxi (RIP) que disfrutó del Mundial 94 en vivo”.
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“Aprendemos con el fútbol que no podemos caminar en solitario”
El fútbol como modelo social: “Si analizamos las características de este deporte nos daremos cuenta de que al fútbol no se puede jugar en solitario. De hecho, bastan una calle o un descampado para jugar al fútbol, pero hay dos cosas imprescindibles. El balón y los compañeros. Sin balón no se puede jugar, pero necesitamos un compañero, alguien a quien pasar, driblar, chutar o hacerle un gol con este balón. Ese compañero puede defender los mismos intereses que yo, o sea, ser un colaborador o puede defender otros intereses que además son opuestos a los míos, entonces pasará a ser un adversario. Es un modelo de vida. Con el fútbol y jugando aprendemos que en esta vida no podemos caminar en solitario. Necesitamos compartir el balón, ya sea con los colaboradores y con los adversarios”. Azkargorta dice también que en la sociedad nos encontramos siempre “con un grupo de personas con las que nos relacionamos, sea como adversarios o como compañeros con las que nos marcaremos unos objetivos”.
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“Siempre pensé que ser supersticioso era un signo de incultura, pero una serie de manías me reconciliaron con ella”
“Siempre pensé que ser supersticioso era síntoma de poca cultura. El fútbol está lleno de supersticiones, algunas de ellas muy curiosas. Normalmente cuando se produce una victoria, la gente recuerda todo lo que ha hecho durante el día. Incluso el día anterior, y lo vuelve a repetir.
Por ejemplo, si se ha concentrado en un hotel y en determinada habitación, se procura repetir hotel e incluso número de habitación, se cena a la misma hora, se ve el mismo programa, se hacen las mismas llamadas y se lleva la misma ropa. El repetir vestuario es una de las supersticiones más recurrentes. Las rutas que sigue el autobús al estadio son también “víctimas” de las supersticiones.
Recuerdo una vez, cuando era seleccionador de Bolivia en el año 1993, que cuando jugábamos en La Paz una escolta de policías nos acompañaba del hotel al estadio. Siempre hicimos el mismo recorrido, pero el último día nos cambiaron a la pareja de policías y tomaron otra ruta. Por supuesto que el conductor del autobús escuchó el clamor unánime de todos, incluido yo, para que no siguiera a la escolta y continuara por la ruta que habíamos ido siempre. La sorpresa de los policías fue enorme y tuvieron que volver para poder escoltarnos.
En La Paz ganamos todos los partidos, yo hice siempre las mismas cosas, vestí la misma ropa y seguí la misma rutina por si acaso. Al principio me daba un poco de vergüenza el ser tan supersticioso, no sé, me daba la sensación de que era como un signo de incultura, de inmadurez, hasta que un libro vino a mi ayuda. El olor de la guayaba, sobre Gabriel García Márquez y sus supersticiones. Decía que nunca se pondría un smoking negro clásico... Pues como todos saben, fue a recibir el Premio Nobel de Literatura con un smoking blanco caribeño. Así, otra serie de manías que me reconciliaron con la superstición”.
Por ejemplo, si se ha concentrado en un hotel y en determinada habitación, se procura repetir hotel e incluso número de habitación, se cena a la misma hora, se ve el mismo programa, se hacen las mismas llamadas y se lleva la misma ropa. El repetir vestuario es una de las supersticiones más recurrentes. Las rutas que sigue el autobús al estadio son también “víctimas” de las supersticiones.
Recuerdo una vez, cuando era seleccionador de Bolivia en el año 1993, que cuando jugábamos en La Paz una escolta de policías nos acompañaba del hotel al estadio. Siempre hicimos el mismo recorrido, pero el último día nos cambiaron a la pareja de policías y tomaron otra ruta. Por supuesto que el conductor del autobús escuchó el clamor unánime de todos, incluido yo, para que no siguiera a la escolta y continuara por la ruta que habíamos ido siempre. La sorpresa de los policías fue enorme y tuvieron que volver para poder escoltarnos.
En La Paz ganamos todos los partidos, yo hice siempre las mismas cosas, vestí la misma ropa y seguí la misma rutina por si acaso. Al principio me daba un poco de vergüenza el ser tan supersticioso, no sé, me daba la sensación de que era como un signo de incultura, de inmadurez, hasta que un libro vino a mi ayuda. El olor de la guayaba, sobre Gabriel García Márquez y sus supersticiones. Decía que nunca se pondría un smoking negro clásico... Pues como todos saben, fue a recibir el Premio Nobel de Literatura con un smoking blanco caribeño. Así, otra serie de manías que me reconciliaron con la superstición”.
Fuente: Cambio
Deportes

















